La suegra mala

Te voy a contar una historia verdadera que podría explicar por qué a veces nada te sale bien y cómo solucionar eso.

La madre de un novio que tuve hace mil millones de años era de esas madres que quieren casarse con sus hijos.

Y claro, yo sobraba.

Me hubiera dado igual ella y su relación enmarañada con mi novio, si no fuera porque, desde que la conocí, algo oscuro se había mudado a mi casa.

Y andaba conmigo para todos lados.

No recuerdo haber vivido una época más espantosa.

Suspendí cinco veces el examen práctico del carnet de conducir. Una vez por saltarme un semáforo en rojo, otra vez por no ver un ceda el paso, otra vez no puede examinarme porque fui al examen sin el carnet de identidad. O sea, suspendía por burradas.

Me despertaba de madrugada sin poder mover los brazos ni las piernas, y para romper la parálisis, tenía que hacer una fuerza brutal con la garganta para desprenderme de esa losa que me aplastaba contra el colchón.

Me miraba por las mañanas en el espejo, y mi cara no era mi cara, parecía otra persona.

Iba por la calle como dormida y el mundo no me veía.

Me pasaron cosas muy duras, que no voy a detallar ahora todas porque eso lo guardaré para contar más historias.

Un día mi madre me llevó a la casa de una señora que tenía un péndulo y unas plantillas con gráficos. Me senté frente a ella, y ese péndulo empezó a girar tan fuerte como las aspas de un helicóptero.

Me dijo:

“Suegra, abogado y doctor, cuanto más lejos mejor”.

El caso es que, al salir de la consulta, y de camino a mi casa, hasta tres conductores se asomaron por la ventanilla y me tiraron un beso.

Aprobé el examen de conducir al cabo de dos semanas.

Dormí todas las noches sin despertarme ni para hacer pis.

Todo era maravilloso, li li li

Hasta que… Al cabo de dos meses volvió la sombra.

Otra vez la parálisis al despertar. Otra vez invisible para el mundo.

Y otra vez me senté frente a la señora del péndulo. Que chasqueó la lengua y me dijo:

“Estás jodida, mi niña”

No sé ni cuantas veces volví a su casa.

En muchas ocasiones no tenía dinero para acudir a su consulta. Vivía en una pesadilla.

Entonces un día me dije: pues tengo que aprender esto del péndulo.

Y aprendí.

Lo usé para mí, mi familia y mis amigos.

Luego los amigos de mis amigos, y claro también querían sus familiares, sus vecinos, los hijos de los vecinos…

A mí no me daba la vida y empecé a cobrar, obvio.

Trabajé en los cuartitos pequeños de herbolarios, y librerías de nueva era.

Después monté un despacho en mi casa y dejé los cuartitos.

Me desplazaba en coche por todo Tenerife para limpiar con el péndulo hogares, tiendas, restaurantes, despachos y todo tipo de negocios.

Viajaba en avión para hacer lo propio en otras islas del archipiélago.

Y mi servició llegó más lejos, online, a clientes que me llamaban desde otras provincias españolas.

(porque sí, esto se puede hacer online y es igual de efectivo, aunque no tanto para limpiar un lugar, eso hay que hacerlo in situ)

Justo por estas y otras limitaciones —no me salía rentable viajar a otras provincias fuera del archipiélago— decidí enseñar lo que hago.

Y aquí lo tienes, por si te interesa.

PENDULOESTUDIO. UN VIAJE TRANSFORMADOR

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