A veces viene bien recordar con qué soñábamos cuando creíamos que éramos capaces de lograrlo. De vez en cuando conviene recuperar aquellos sentimientos que nos hacían inmortales, porque al revivirlos nos impregnan de fuerza y empuje por un instante.
Todo es posible, que no se nos olvide. Pero con el paso del tiempo nos impacientamos, y empezamos a dejar de creer en nosotros mismos. Entonces damos paso a nuevas metas un poco más fáciles de conseguir: cambiamos nuestros sueños por otros más cercanos.
Maquillamos, en fin, nuestros anhelos, adaptando el espíritu para que encaje en un molde más pequeño. Así creemos que vivimos felices.
Pero ocurre que, cuando nos miramos por la mañana en el espejo, vemos un rostro demacrado que nos hace pensar que hemos dormido mal; aunque lo que sucede, en realidad, es que el alma se nos está poniendo vieja y apenas somos capaces de escuchar ya el verdadero latido de nuestro corazón.
Por eso, de vez en cuando conviene sentarse y sentir.
Es posible que de esta forma logremos escuchar nuestra propia voz. Una voz que aún nos implora, con un profundo quejido, que recordemos, que seamos valientes, y que nos atrevamos a ser quienes realmente somos.
